Mundo ficciónIniciar sesiónEn la noche de su boda por contrato, Elara Veyra sabe una sola cosa: Kael Blackthorn, el joven alfa de un clan de hombres lobo que odia a las brujas, jamás llegará a amarla. Su matrimonio no nace del amor, sino de un pacto de paz entre dos pueblos condenados por siglos de guerra. Kael solo desea proteger a su manada. Elara solo quiere salvar a su aquelarre de una masacre. Ambos aceptan vivir bajo el mismo techo, dormir en habitaciones separadas y mantener sus corazones lejos el uno del otro. Pero Elara guarda un secreto que Kael desconoce. Cuando era niña, se ocultó bajo la forma de una liebre plateada y fue salvada por un joven lobo. Ese niño es ahora su esposo: un alfa frío, orgulloso y decidido a verla únicamente como una enemiga vestida de novia. Sin embargo, cuando una serie de asesinatos comienza a señalar a Elara como traidora, Kael decide creer en pruebas falsas antes que en la mujer que juró proteger. La expulsa de su vida… y solo comprende la magnitud de su error cuando ella desaparece llevándose consigo una verdad capaz de destruir a todo su clan: Elara no es solo la bruja de su contrato, sino su compañera destinada. Ahora Kael deberá perseguir a la esposa que rechazó antes de que los cazadores de la Orden Carmesí la encuentren primero. Pero la Elara que llegó como una novia impuesta ya no está dispuesta a regresar solo porque un alfa arrepentido haya descubierto demasiado tarde que la amaba.
Leer másEl día de mi boda, mi esposo firmó un contrato con tres prohibiciones principales.
Primera: no debíamos enamorarnos el uno del otro.
Segunda: no debíamos dormir en la misma habitación, salvo en caso de una emergencia que pusiera en peligro el acuerdo de paz.
Tercera: yo no podía usar magia sobre ningún miembro de la Manada Nocturne sin autorización escrita del Alfa.
Leí la tercera cláusula tres veces antes de levantar la mirada hacia el hombre que acababa de convertirse en mi esposo.
Kael Blackthorn estaba al otro lado de la mesa con la expresión inmóvil de una estatua tallada en mármol oscuro. Llevaba el cabello negro peinado hacia atrás, la mandíbula firme y unos ojos dorados tan fríos como una luna de invierno. Su traje negro lo hacía parecer más preparado para asistir a un funeral que a una boda. De no ser por el anillo de plata en su dedo, habría pensado que había venido a cobrar una deuda de sangre.
—La tercera cláusula es profundamente injusta —dije.
Una de sus cejas se elevó apenas. Para un hombre tan rígido como él, quizá aquello equivalía a gritar.
—¿Te molesta no poder atacar a mi manada?
—Me molesta tener que pedir permiso por escrito —toqué el contrato con la uña—. ¿Y si solo quiero convertir el té de alguien en sopa porque ha insultado mi vestido?
Desde un rincón de la sala, Mirella, mi prima y dama de honor más dramática en toda la historia del Aquelarre Aster, se tapó la boca.
—Elara, por la luna y por todos los espíritus ancestrales, no empieces una guerra antes del banquete.
—Solo estoy preguntando desde una perspectiva legal.
Kael me observó durante varios segundos. Su mirada no estaba exactamente furiosa, pero sí evaluaba si la mujer frente a él era en verdad la heredera de las brujas o una catástrofe social con vestido blanco.
—Si algún miembro de mi manada insulta tu vestido —dijo con voz plana—, me lo informarás.
—¿Y lo castigarás?
—Me aseguraré de que no vuelva a hablar cerca de ti.
Asentí despacio.
—Interesante. Eres el tipo de esposo que no es romántico, pero sí eficiente.
La sala quedó en silencio.
Un anciano lobo tosió con fuerza. Una bruja mayor fingió revisar las velas. Mirella se llevó una mano al pecho como si yo acabara de apuñalar la reputación familiar con un tenedor.
Kael solo me miró.
—Este matrimonio no es un romance, Lady Elara.
—Lo sé —sonreí con cortesía—. Si lo fuera, el ambiente no parecería una reunión funeraria.
Mirella soltó un sonido diminuto que sonó a plegaria.
No podía culparla. Todos en aquella sala cargaban odios viejos, heredados como si fueran joyas familiares. A la izquierda estaban las brujas del Aquelarre Aster, envueltas en túnicas plateadas, con los rostros tensos y las varitas ocultas bajo las mangas. A la derecha, los lobos de la Manada Nocturne vestían de negro, con las mandíbulas rígidas y los ojos brillando de vez en cuando con un resplandor animal.
En medio de todo eso, Kael y yo nos casábamos para detener una guerra.
Muy romántico, ¿no?
Dos meses antes, tres jóvenes brujas habían aparecido muertas en la frontera del bosque. Sus cuerpos estaban helados, casi sin sangre, y en la piel tenían marcas de garras de lobo. Una semana después, dos lobos Nocturne fueron asesinados con huellas de magia lunar sobre el pecho. Cada bando acusó al otro. La sangre respondió a la sangre. El Consejo sobrenatural de Ravenmoor estuvo a punto de derrumbarse.
Entonces la Matriarca Selene, mi madre, propuso la solución más antigua y molesta de todas: un matrimonio político.
Yo, Elara Veyra, heredera del Aquelarre Aster, debía casarme con Kael Blackthorn, el joven Alfa de la Manada Nocturne.
Si no lográbamos resistir un año, la guerra comenzaría.
Si lo conseguíamos, ambos clanes ganarían tiempo para encontrar al verdadero culpable.
Sencillo.
Excepto porque mi esposo odiaba a las brujas, y yo no sentía demasiado aprecio por los hombres que me miraban como si fuera un frasco de veneno con zapatos caros.
Kael deslizó el contrato hacia mí.
—Firma.
Tomé la pluma de plata.
—Una condición adicional.
—¿Cuál?
—Si tú rompes el contrato primero, obtengo acceso completo a la biblioteca Blackthorn durante seis meses.
Por fin mostró una emoción. No una sonrisa. Más bien la expresión de alguien que acaba de escuchar a un gato reclamar una herencia.
—¿La biblioteca?
—Soy bruja. Tenemos necesidades emocionales relacionadas con libros viejos y polvorientos.
—No.
—Bien, tres meses.
—No.
—¿Un mes y acceso al archivo de maldiciones?
Un anciano lobo detrás de él susurró de inmediato:
—Alfa, eso es demasiado.
Lo señalé.
—¿Ves? Está insultando mi vestido con energía negativa.
Kael cerró los ojos un instante. Tal vez contaba hasta diez. Tal vez lamentaba toda su existencia.
—Un mes —dijo al fin—. Pero el archivo de maldiciones permanece cerrado.
Firmé el contrato satisfecha.
—Un placer hacer negocios contigo, esposo.
La palabra salió demasiado ligera, pero en cuanto fue pronunciada, algo cambió en el aire entre nosotros. Los ojos dorados de Kael se afilaron. El lobo dentro de él pareció moverse bajo su piel. Durante un instante, una calidez extraña rozó mi pecho.
Contuve el aliento.
Luego la sensación desapareció.
Kael tomó el contrato y lo firmó sin expresión, como si nada hubiera ocurrido.
—Desde esta noche vivirás en Blackthorn Manor.
—Traigo tres maletas, dos cajas de libros y una prima que no puede quedarse sin supervisión.
Mirella se ofendió al instante.
—Puedo quedarme sin supervisión perfectamente.
—La última vez que te dejaron sola intentaste preparar una poción para dormir y lograste que toda la cocina cantara durante dos horas.
—Eso no fue un fracaso. Fue entretenimiento.
Kael miró a Mirella y luego volvió a mí.
—Tu prima no se queda.
Mirella palideció.
—¿Qué? No. Debo cuidar a Elara. Parece fuerte, pero olvida comer cuando se estresa.
—No olvido comer.
—Elara, ayer mordiste una vela porque creíste que era un pastel de almendra.
—La forma era engañosa.
Kael soltó un largo suspiro.
—Una semana. Después se irá.
Mirella aplaudió.
—¿Ves, Elara? Tu esposo es frío, pero negociable. Buena señal.
—No estoy negociando —dijo Kael.
—Acabas de perder —respondí.
Por primera vez, la comisura de sus labios se movió. Muy poco. Casi nada. Pero lo vi.
Y, por extraño que fuera, aquella diminuta sombra de sonrisa me calentó el pecho más de lo debido.
Me lo recordé de inmediato: el contrato prohibía enamorarse.
Perfecto.
No tenía ninguna intención de enamorarme de un hombre que redactaba reglas sobre dormitorios en lenguaje jurídico.
Antes de que la ceremonia terminara, busqué a mi madre entre los invitados. La Matriarca Selene Veyra no lloraba frente al enemigo, pero sus dedos tensos sobre el bastón mágico decían que deseaba llevarme de vuelta a casa.
Aquello, por alguna razón, me tranquilizó.
Al otro lado, los lobos me observaban como si bajo el encaje de mi vestido ocultara veneno. La verdad era menos interesante: solo escondía nervios, frío en las manos y un estómago vacío.
Cuando Kael colocó el anillo en mi dedo, una descarga diminuta recorrió mi sangre. No fue dolor. Fue como si una puerta vieja se abriera durante un segundo. Oí un aullido lejano, vi un bosque cubierto de nieve y olí pino mojado por la lluvia.
Lo miré.
Su mandíbula se había endurecido.
Así que él también lo sintió.
Interesante.
O preocupante.
En mi vida, ambas cosas solían llegar juntas.
No hubo beso apasionado, ni votos dulces, ni miradas enamoradas. Kael tomó mi mano ante el Consejo, pronunció el juramento de paz con voz baja y luego me soltó como si mi piel pudiera quemarlo.
Sonreí a los invitados.
Los invitados me miraron como si pudiera explotar.
Cuando comenzó el banquete, por un momento creí que la noche aún podía salvarse. La música se elevó suave, las velas ardieron y Kael caminó a mi lado sin ofrecerme el brazo, pero también sin alejarse.
—En Nocturne, los novios suelen abrir el baile —dijo.
—Creí que primero probaban la fuerza de la mandíbula.
—A veces después del baile.
Casi me reí.
—¿Eso fue una broma?
—Considéralo un regalo de bodas.
Su mano tocó mi cintura con cuidado. Puse la mía sobre su hombro y, durante unos segundos, la sala desapareció. Solo quedaron el olor a pino, sus ojos dorados y una música peligrosa.
Entonces el destino decidió arruinar el momento.
Las puertas del salón se abrieron.
Entró una mujer con vestido azul pálido, cabello rubio miel y una sonrisa tan delicada como una hoja de seda. Todos los lobos se volvieron. Algunos parecieron aliviados; otros, nerviosos. Kael se quedó inmóvil una fracción de segundo.
Reconocí esa reacción.
Esa mujer no era una invitada cualquiera.
Se detuvo frente a nosotros e inclinó la cabeza con elegancia.
—Alfa Kael —dijo con dulzura—. Perdona mi retraso. Solo quería felicitarte por tu matrimonio.
Mirella se acercó a mi oído.
—Eso huele a problema.
Sonreí apenas.
Tenía razón. Mi primer día como esposa contractual ni siquiera había terminado, y el pasado de mi esposo ya se presentaba perfumado con lirios.
Kael la miró.
—Viola.
El nombre cayó en el salón como una piedra.
Apreté mi anillo y observé el contrato sobre la mesa.
Muy bien, Elara. Matrimonio político, esposo helado, primer amor en la recepción y dos clanes listos para destruirse.
El próximo año prometía ser divertido.
—Marlow no liberó a Darius —susurró Bram—. Lo coronó.El fragmento de hierro descansaba sobre su palma.Los ojos negros incrustados en el metal parpadearon.Una voz salió de ellos.—La casa necesita un Alpha.Varek rugió.El sonido atravesó el valle y derribó polvo de los tejados. Los guardianes levantaron sus armas. Mirella abrazó a Pip contra el pecho, mientras Rowan arrastraba a Bram lejos del arco de piedra.—Eso no es Darius —dijo Aldren.—Tiene su voz —respondí.—Tiene una parte. La que estaba encerrada en la corona.Los ojos del fragmento se volvieron hacia mi padre.—Siempre tan preciso, Aldren.La sombra bajo sus pies se agitó.Mirella levantó la sartén.—No se movió sola.—Lo sé —respondió Aldren.—Solo establezco que la estoy observando.Bram cayó sobre una rodilla.La flecha que atravesaba su hombro tenía símbolos Blackthorn grabados en la punta. No era un arma enemiga.Lo habían herido sus propios hombres.Me arrodillé frente a él.—¿Qué significa que lo coronó?Bram miró
Kael permaneció fuera del arco de piedra.No cruzó.No levantó una barrera contra el frío ni utilizó su antigua autoridad para convencer a los guardianes de que una línea invisible era una interpretación demasiado estricta de la hospitalidad.Simplemente esperó.Era inquietante.—¿Cuánto tiempo piensas quedarte ahí? —pregunté.—No lo sé.—Una respuesta sorprendentemente poco estratégica.—Estoy probando métodos nuevos.Vesper gruñó dentro de su pecho.Kael frunció el ceño.—Él dice que debería haber traído comida.—Vesper entiende mejor las visitas.—Traje comida.Señaló la mochila.—Pero dice que no es buena.—¿Qué trajiste?—Carne seca.—¿Solo carne seca?—También agua.—Eso no es comida. Es una penitencia militar.Una sombra de sonrisa apareció en su rostro.No era suficiente para devolverme al hombre que recordaba.Tampoco era nada.Mirella salió detrás de mí, envuelta en una manta y sosteniendo una taza.—¿Ya decidimos si puede entrar?—No.—Bien.Le entregó la taza a Kael.Él ex
—¿Como compañero? —preguntó Vesper—. ¿O como prisionero?El silencio atravesó el lago.Dentro del reflejo, Kael permanecía arrodillado frente a la corona derretida. Una mano descansaba sobre su pecho, justo en el lugar donde la ausencia del lobo empezaba a consumirlo.La sombra de Darius se elevaba detrás.Más alta.Más sólida.Esperaba su respuesta.Yo también.—Como compañero —dijo Kael.Vesper no se movió.La grieta dorada sobre su cuerpo continuó brillando.—¿Y cuando no esté de acuerdo contigo? —preguntó.Kael frunció el ceño.Probablemente nadie le había preparado para negociar con la mitad animal de su propia alma.—Discutiremos.Vesper mostró los dientes.—No puedes encerrarme durante una discusión.—Eso limita significativamente mis métodos.Pese al miedo, una risa escapó de mí.Kael levantó los ojos hacia mi reflejo.Por un instante pareció reconocer algo en mi expresión.No un recuerdo.Una familiaridad sin nombre.—No volveré a encerrarte —dijo.—Promesa de Alpha.Kael baj
La superficie del lago se cerró sobre el reflejo de Kael.El lobo negro rugió.La grieta dorada de su pecho se extendió desde el cuello hasta una de sus patas delanteras. La luz que escapaba de ella no parecía sangre, pero el animal retrocedió como si acabaran de atravesarlo con una espada.Me arrodillé a su lado.—Déjame ver.Mostró los dientes.—No voy a curarte sin permiso.Dejó de gruñir.—Eso no significa que debas parecer sorprendido.El lobo me permitió acercar la mano. No llegué a tocarlo. El calor que salía de la grieta quemaba incluso a varios centímetros de distancia.Varek caminó alrededor de nosotros.—La separación se acelera.—Dijiste tres noches.—Dije que normalmente tardaría tres noches.—Empiezo a odiar esa palabra.—¿Normalmente?—No. “Dijiste”.Mirella se sentó junto a Pip.—Yo ya la odiaba antes. Casi siempre precede a información terrible.Aldren observaba el lago. La sombra bajo sus pies seguía imitando correctamente cada movimiento, pero nadie había dejado de
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