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La Bruja del Contrato del Alfa
La Bruja del Contrato del Alfa
Por: Enzelynn
Capítulo 1 - La novia contractual del Alfa

El día de mi boda, mi esposo firmó un contrato con tres prohibiciones principales.

Primera: no debíamos enamorarnos el uno del otro.

Segunda: no debíamos dormir en la misma habitación, salvo en caso de una emergencia que pusiera en peligro el acuerdo de paz.

Tercera: yo no podía usar magia sobre ningún miembro de la Manada Nocturne sin autorización escrita del Alfa.

Leí la tercera cláusula tres veces antes de levantar la mirada hacia el hombre que acababa de convertirse en mi esposo.

Kael Blackthorn estaba al otro lado de la mesa con la expresión inmóvil de una estatua tallada en mármol oscuro. Llevaba el cabello negro peinado hacia atrás, la mandíbula firme y unos ojos dorados tan fríos como una luna de invierno. Su traje negro lo hacía parecer más preparado para asistir a un funeral que a una boda. De no ser por el anillo de plata en su dedo, habría pensado que había venido a cobrar una deuda de sangre.

—La tercera cláusula es profundamente injusta —dije.

Una de sus cejas se elevó apenas. Para un hombre tan rígido como él, quizá aquello equivalía a gritar.

—¿Te molesta no poder atacar a mi manada?

—Me molesta tener que pedir permiso por escrito —toqué el contrato con la uña—. ¿Y si solo quiero convertir el té de alguien en sopa porque ha insultado mi vestido?

Desde un rincón de la sala, Mirella, mi prima y dama de honor más dramática en toda la historia del Aquelarre Aster, se tapó la boca.

—Elara, por la luna y por todos los espíritus ancestrales, no empieces una guerra antes del banquete.

—Solo estoy preguntando desde una perspectiva legal.

Kael me observó durante varios segundos. Su mirada no estaba exactamente furiosa, pero sí evaluaba si la mujer frente a él era en verdad la heredera de las brujas o una catástrofe social con vestido blanco.

—Si algún miembro de mi manada insulta tu vestido —dijo con voz plana—, me lo informarás.

—¿Y lo castigarás?

—Me aseguraré de que no vuelva a hablar cerca de ti.

Asentí despacio.

—Interesante. Eres el tipo de esposo que no es romántico, pero sí eficiente.

La sala quedó en silencio.

Un anciano lobo tosió con fuerza. Una bruja mayor fingió revisar las velas. Mirella se llevó una mano al pecho como si yo acabara de apuñalar la reputación familiar con un tenedor.

Kael solo me miró.

—Este matrimonio no es un romance, Lady Elara.

—Lo sé —sonreí con cortesía—. Si lo fuera, el ambiente no parecería una reunión funeraria.

Mirella soltó un sonido diminuto que sonó a plegaria.

No podía culparla. Todos en aquella sala cargaban odios viejos, heredados como si fueran joyas familiares. A la izquierda estaban las brujas del Aquelarre Aster, envueltas en túnicas plateadas, con los rostros tensos y las varitas ocultas bajo las mangas. A la derecha, los lobos de la Manada Nocturne vestían de negro, con las mandíbulas rígidas y los ojos brillando de vez en cuando con un resplandor animal.

En medio de todo eso, Kael y yo nos casábamos para detener una guerra.

Muy romántico, ¿no?

Dos meses antes, tres jóvenes brujas habían aparecido muertas en la frontera del bosque. Sus cuerpos estaban helados, casi sin sangre, y en la piel tenían marcas de garras de lobo. Una semana después, dos lobos Nocturne fueron asesinados con huellas de magia lunar sobre el pecho. Cada bando acusó al otro. La sangre respondió a la sangre. El Consejo sobrenatural de Ravenmoor estuvo a punto de derrumbarse.

Entonces la Matriarca Selene, mi madre, propuso la solución más antigua y molesta de todas: un matrimonio político.

Yo, Elara Veyra, heredera del Aquelarre Aster, debía casarme con Kael Blackthorn, el joven Alfa de la Manada Nocturne.

Si no lográbamos resistir un año, la guerra comenzaría.

Si lo conseguíamos, ambos clanes ganarían tiempo para encontrar al verdadero culpable.

Sencillo.

Excepto porque mi esposo odiaba a las brujas, y yo no sentía demasiado aprecio por los hombres que me miraban como si fuera un frasco de veneno con zapatos caros.

Kael deslizó el contrato hacia mí.

—Firma.

Tomé la pluma de plata.

—Una condición adicional.

—¿Cuál?

—Si tú rompes el contrato primero, obtengo acceso completo a la biblioteca Blackthorn durante seis meses.

Por fin mostró una emoción. No una sonrisa. Más bien la expresión de alguien que acaba de escuchar a un gato reclamar una herencia.

—¿La biblioteca?

—Soy bruja. Tenemos necesidades emocionales relacionadas con libros viejos y polvorientos.

—No.

—Bien, tres meses.

—No.

—¿Un mes y acceso al archivo de maldiciones?

Un anciano lobo detrás de él susurró de inmediato:

—Alfa, eso es demasiado.

Lo señalé.

—¿Ves? Está insultando mi vestido con energía negativa.

Kael cerró los ojos un instante. Tal vez contaba hasta diez. Tal vez lamentaba toda su existencia.

—Un mes —dijo al fin—. Pero el archivo de maldiciones permanece cerrado.

Firmé el contrato satisfecha.

—Un placer hacer negocios contigo, esposo.

La palabra salió demasiado ligera, pero en cuanto fue pronunciada, algo cambió en el aire entre nosotros. Los ojos dorados de Kael se afilaron. El lobo dentro de él pareció moverse bajo su piel. Durante un instante, una calidez extraña rozó mi pecho.

Contuve el aliento.

Luego la sensación desapareció.

Kael tomó el contrato y lo firmó sin expresión, como si nada hubiera ocurrido.

—Desde esta noche vivirás en Blackthorn Manor.

—Traigo tres maletas, dos cajas de libros y una prima que no puede quedarse sin supervisión.

Mirella se ofendió al instante.

—Puedo quedarme sin supervisión perfectamente.

—La última vez que te dejaron sola intentaste preparar una poción para dormir y lograste que toda la cocina cantara durante dos horas.

—Eso no fue un fracaso. Fue entretenimiento.

Kael miró a Mirella y luego volvió a mí.

—Tu prima no se queda.

Mirella palideció.

—¿Qué? No. Debo cuidar a Elara. Parece fuerte, pero olvida comer cuando se estresa.

—No olvido comer.

—Elara, ayer mordiste una vela porque creíste que era un pastel de almendra.

—La forma era engañosa.

Kael soltó un largo suspiro.

—Una semana. Después se irá.

Mirella aplaudió.

—¿Ves, Elara? Tu esposo es frío, pero negociable. Buena señal.

—No estoy negociando —dijo Kael.

—Acabas de perder —respondí.

Por primera vez, la comisura de sus labios se movió. Muy poco. Casi nada. Pero lo vi.

Y, por extraño que fuera, aquella diminuta sombra de sonrisa me calentó el pecho más de lo debido.

Me lo recordé de inmediato: el contrato prohibía enamorarse.

Perfecto.

No tenía ninguna intención de enamorarme de un hombre que redactaba reglas sobre dormitorios en lenguaje jurídico.

Antes de que la ceremonia terminara, busqué a mi madre entre los invitados. La Matriarca Selene Veyra no lloraba frente al enemigo, pero sus dedos tensos sobre el bastón mágico decían que deseaba llevarme de vuelta a casa.

Aquello, por alguna razón, me tranquilizó.

Al otro lado, los lobos me observaban como si bajo el encaje de mi vestido ocultara veneno. La verdad era menos interesante: solo escondía nervios, frío en las manos y un estómago vacío.

Cuando Kael colocó el anillo en mi dedo, una descarga diminuta recorrió mi sangre. No fue dolor. Fue como si una puerta vieja se abriera durante un segundo. Oí un aullido lejano, vi un bosque cubierto de nieve y olí pino mojado por la lluvia.

Lo miré.

Su mandíbula se había endurecido.

Así que él también lo sintió.

Interesante.

O preocupante.

En mi vida, ambas cosas solían llegar juntas.

No hubo beso apasionado, ni votos dulces, ni miradas enamoradas. Kael tomó mi mano ante el Consejo, pronunció el juramento de paz con voz baja y luego me soltó como si mi piel pudiera quemarlo.

Sonreí a los invitados.

Los invitados me miraron como si pudiera explotar.

Cuando comenzó el banquete, por un momento creí que la noche aún podía salvarse. La música se elevó suave, las velas ardieron y Kael caminó a mi lado sin ofrecerme el brazo, pero también sin alejarse.

—En Nocturne, los novios suelen abrir el baile —dijo.

—Creí que primero probaban la fuerza de la mandíbula.

—A veces después del baile.

Casi me reí.

—¿Eso fue una broma?

—Considéralo un regalo de bodas.

Su mano tocó mi cintura con cuidado. Puse la mía sobre su hombro y, durante unos segundos, la sala desapareció. Solo quedaron el olor a pino, sus ojos dorados y una música peligrosa.

Entonces el destino decidió arruinar el momento.

Las puertas del salón se abrieron.

Entró una mujer con vestido azul pálido, cabello rubio miel y una sonrisa tan delicada como una hoja de seda. Todos los lobos se volvieron. Algunos parecieron aliviados; otros, nerviosos. Kael se quedó inmóvil una fracción de segundo.

Reconocí esa reacción.

Esa mujer no era una invitada cualquiera.

Se detuvo frente a nosotros e inclinó la cabeza con elegancia.

—Alfa Kael —dijo con dulzura—. Perdona mi retraso. Solo quería felicitarte por tu matrimonio.

Mirella se acercó a mi oído.

—Eso huele a problema.

Sonreí apenas.

Tenía razón. Mi primer día como esposa contractual ni siquiera había terminado, y el pasado de mi esposo ya se presentaba perfumado con lirios.

Kael la miró.

—Viola.

El nombre cayó en el salón como una piedra.

Apreté mi anillo y observé el contrato sobre la mesa.

Muy bien, Elara. Matrimonio político, esposo helado, primer amor en la recepción y dos clanes listos para destruirse.

El próximo año prometía ser divertido.

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