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Capítulo 4 - Un desayuno familiar que casi fue un juicio

Mi primera mañana como esposa del Alfa comenzó con tres cosas.

Una: mi habitación por fin me permitió salir sin intentar morderme.

Dos: Mirella me despertó cantando una antigua canción fúnebre porque, según ella, era tradición asustar al enemigo demostrando que seguíamos vivas.

Tres: encontré a un pequeño lobo dormido frente a mi puerta con una nota atada al cuello.

La abrí.

Lady Elara, este cachorro se negó a irse después de oler tu magia. No te lo comas. —Kael.

Miré al lobo.

El lobo me miró de vuelta y bostezó.

—¿Por qué escribe “no te lo comas” como si yo desayunara cachorros de lobo? —pregunté.

Mirella se encogió de hombros.

—Quizá es la forma de los lobos de mostrar afecto.

—¿Acusándome de canibalismo?

—Su cultura es peculiar.

El cachorro se levantó y frotó la cabeza contra mi vestido. Debía tener pocos años en edad humana. Su pelaje era gris y sus orejas demasiado grandes para su cabeza. Parecía una bola de niebla con patas.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

El lobo mordió suavemente el borde de mi falda y tiró de ella.

Mirella encontró otra nota en su collar.

—Se llama Pip. Es huérfano de la línea de guardias del sur. Oh, qué tierno. Le gusta robar los calcetines del Alfa.

Sonreí.

—Por fin alguien con un pasatiempo sensato en esta casa.

Pip nos siguió hasta el comedor principal. Mi sola presencia bastó para que la sala dejara de moverse. La presencia de Pip pegado a mi pierna hizo el momento mucho más interesante.

El comedor Blackthorn parecía una sala de tribunal. Kael ocupaba la cabecera, vestido de negro y con cara de haber resuelto cinco crisis antes del café. A su derecha estaba Lucien Blackthorn, su tío de sonrisa impecable y ojos fríos.

A la izquierda, por supuesto, estaba Viola.

Porque ¿por qué no? El universo parecía disfrutar enviando a aquella mujer a cada habitación donde mi esposo respiraba.

—Lady Elara —saludó Lucien—. Espero que tu primera noche haya sido cómoda.

Me senté.

—Mucho. La puerta solo gruñó dos veces.

Lucien rió con suavidad.

—El manor necesita tiempo para aceptar sangre ajena.

—También las familias, por lo que veo.

Kael me miró un instante. Fingí ocuparme del té.

Mirella ganó una discusión silenciosa con una sirvienta y se sentó a mi lado. Según ella, vigilarme desde la cocina era emocionalmente inaceptable.

Sirvieron el desayuno: pan, carne, fruta y un cuenco de sopa demasiado roja.

Lo olí.

—¿Qué es esto?

—Sopa de sangre de ciervo —respondió la sirvienta.

Dejé la cuchara.

Mirella empujó hacia mí una cesta de pan.

—Comamos carbohidratos.

Elder Marlow, el anciano que el día anterior había recibido azúcar del pastel en la cara, me miró desde el otro extremo.

—Las brujas son demasiado débiles para la comida de la manada.

Sonreí.

—No. Solo prefiero comer algo que no parezca una amenaza dentro de un cuenco.

Kael miró a la sirvienta.

—Traigan otro desayuno para Lady Elara.

Lo observé.

—Gracias.

—No lo malinterpretes. Si te desmayas de hambre, será inconveniente.

—Ah. Mi esposo cariñoso.

Viola soltó una risa suave.

—Kael siempre ha sido malo mostrando preocupación.

Me volví hacia ella.

—¿Lo conoces bien?

—Crecimos juntos.

—Sí, lo mencionaste ayer. Estoy pensando incluirlo en la lista de hechos históricos relevantes.

Mirella me pateó bajo la mesa. Probablemente intentaba detenerme. Por desgracia, pateó a Pip, que ladró con indignación.

Todos miraron.

Mirella palideció.

—Perdón. Me atacó la culpa.

Lucien sonrió.

—Lady Elara, traes un aire nuevo al manor.

—Gracias. Normalmente me llaman desastre.

—A veces un desastre es necesario para revelar la verdad.

Aquella frase me hizo mirarlo un poco más.

Lucien era demasiado pulido. Demasiado tranquilo. Detrás de su sonrisa percibí algo leve: olor a metal viejo. No tan fuerte como el rastro de plata en Viola, pero estaba ahí.

Kael dejó la taza.

—Hablaremos de la amenaza de anoche después del desayuno.

—No hay que esperar —dijo Elder Marlow—. Todos vimos el símbolo Aster en la cerca. Esa bruja trajo peligro a nuestra casa.

Limpié mis labios con la servilleta.

—Esa bruja tiene nombre.

—Un nombre no cambia los hechos.

—Cierto. Y los hechos tampoco cambian porque usted los pronuncie en voz alta.

El comedor quedó callado.

Kael dijo:

—Elara.

Levanté una mano.

—No importa. Solo voy a demostrar que la marca de la cerca es falsa.

Viola se inclinó hacia delante.

—¿Cómo?

Sonreí.

—Con un hechizo pequeño.

Varios lobos se tensaron al instante.

—No atacaré a nadie —aclaré—. Es un destello de verdad. Hace que el rastro mágico muestre el color de su fuente original.

Elder Marlow bufó.

—¿Y debemos creerte?

—No. Pero si miento, Kael puede morderme.

Kael se atragantó con el café.

Mirella susurró:

—Elara, elige mejor tus frases.

Fingí no oírla.

Podría haber dejado que Kael lo resolviera todo. Habría sido la opción segura: esposa nueva, dulce y obediente.

Lamentablemente, yo no era el tipo de mujer que servía como adorno de mesa.

Si permitía esas acusaciones, el matrimonio sería una jaula. Cada paso mío sería vigilado y, cuando la Orden atacara, todos señalarían a la persona equivocada.

Miré a los ancianos uno por uno.

—Desde hoy —dije—, si alguien quiere acusarme, que traiga pruebas. Si solo trae prejuicios, puede hacer fila en la cocina. El pastel de ayer aún puede estornudar para acompañarlo.

Mirella murmuró:

—¿Eso fue una amenaza o una promoción gastronómica?

—Ambas.

Kael me observó como si por primera vez entendiera que su esposa no era solo un símbolo de paz, sino un problema capaz de hablar.

Curiosamente, preferí aquella mirada a la fría sospecha de la noche anterior.

Después del desayuno salimos al patio sur. La grieta de la cerca aún brillaba en plata. Me arrodillé y saqué un cristal lunar de mi bolsillo. Kael se colocó a mi lado, demasiado cerca para alguien que decía no querer tocar el corazón de su esposa.

Presioné el cristal contra la marca y susurré el hechizo.

La luz plateada se extendió.

Después cambió.

No se volvió azul pálido, el color del Aquelarre Aster.

Se volvió rojo oscuro.

Mirella emitió un sonido triunfal.

—¡Ja! ¡No fuimos nosotras! Quiero aplaudir, pero temo que eso sea considerado un desafío en la cultura lobo.

Los ancianos intercambiaron miradas. Kael contempló la grieta con la mandíbula endurecida.

—Carmesí —murmuró.

Me volví hacia él.

—¿Qué?

Lucien, que estaba detrás de nosotros, respondió antes.

—Ese color pertenece a los antiguos cazadores. La Orden Carmesí.

El nombre enfrió el aire.

Viola se abrazó a sí misma desde la terraza.

—Pero la Orden Carmesí desapareció hace décadas.

—Parece que no recibieron la noticia —dije.

Kael me miró.

—¿Sabes de ellos?

—Un poco. Los libros del aquelarre los describen como cazadores humanos que mezclaban sangre sobrenatural con armas de plata.

—¿Por qué te quieren a ti? —preguntó Elder Marlow.

Miré la marca roja.

—Quizá no me quieren a mí.

Kael entendió antes que los demás.

—Quieren destruir este matrimonio.

Lo miré.

Rió bajo.

—Mal hábito de los Blackthorn.

—No me sorprende que el manor gruñe.

Lucien inclinó la cabeza.

—Perdona si mi pregunta te incomodó.

—No importa. Me casé con tu sobrino. Mi estándar de incomodidad ha subido mucho.

Mirella casi se atragantó con un trozo de pan.

En el patio, Viola apareció en la terraza. No se acercó, solo observó con su rostro dulce y un pañuelo entre las manos, como una sanadora preocupada.

Pero cuando la luz de la grieta se volvió roja, vi algo en sus ojos.

No fue sorpresa.

No fue miedo.

Fue rabia.

Apenas un segundo. Tan breve que otros lo habrían perdido. Yo no.

Siempre presto atención a las mujeres demasiado dulces. En el mundo de la magia, lo demasiado dulce suele tener la capa de veneno mejor ordenada.

Kael siguió mi mirada.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Elara.

Sonreí sin mirarlo.

—Estoy aprendiendo a ser una buena esposa que no acusa al primer amor de su marido en la primera mañana de matrimonio.

La mandíbula de Kael se tensó.

—Viola no es...

—No es asunto mío —lo interrumpí—. Nuestro contrato no prohíbe el pasado. Solo prohíbe enamorarse.

La frase salió más afilada de lo que pretendía.

Kael guardó silencio.

Por un instante, el aire entre nosotros fue helado. Entonces Pip frotó su cabeza contra mi pierna, salvando una conversación peligrosamente tensa.

Me agaché y le acaricié el pelaje.

—Al menos tú no tienes un primer amor sospechoso, Pip.

Pip ladró con orgullo.

Kael murmuró:

—Ha robado mis calcetines desde que era pequeño. Eso también es sospechoso.

No quería reír.

Pero reí.

Y durante un segundo muy breve, Kael me miró como si ese sonido no fuera algo que odiara.

De pronto, Pip gruñó. El cachorro miraba el bosque con el pelo erizado.

Desde los árboles llegó un silbido agudo.

Una flecha salió disparada.

Kael se movió antes de que yo pensara y me arrastró hacia atrás. La flecha se clavó donde había estado.

La punta brillaba con plata.

En el asta había una cinta blanca.

La tomé antes de que Kael pudiera impedirlo. Tenía una frase escrita con letra diminuta.

Novia bruja, huye mientras tu esposo aún duda de ti.

Miré a Kael.

Él me devolvió la mirada. Sus ojos dorados se volvieron salvajes.

Por primera vez desde nuestra boda, no parecía el hombre frío que lamentaba un contrato.

Parecía un Alfa dispuesto a matar a cualquiera que apuntara contra su esposa.

Extrañamente, eso me calentó el pecho.

Muy inconveniente.

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