Romper una maldición en una cocina llena de lobos nerviosos no era difícil.
Lo difícil era hacerlo mientras una tetera te llamaba intrusa cada tres segundos.
—Intrusa —silbó la tetera.
—Sí, ya te oí —respondí, dibujando un círculo de sal alrededor del clavo de hierro—. Tu vocabulario es limitado, pero tu compromiso es admirable.
Mirella estaba subida a una silla, porque una bandeja había intentado morderle el tobillo.
—Elara, si muero atacada por vajilla, dile a mi madre que fue heroico.
—Tu ma