La enfermería del ala este olía a hierbas, alcohol y miedo.
El miedo de los lobos era distinto al de los humanos. Más silencioso. Más físico. No temblaban; se endurecían. No lloraban; apretaban la mandíbula hasta que el dolor les servía de muro.
Taren estaba tendido sobre una cama estrecha, con el rostro cubierto de sudor. Era joven, demasiado joven para tener ese color ceniza bajo la piel. En su cuello, las venas se marcaban con líneas plateadas que subían hacia la mandíbula como raíces veneno