La planta de tratamiento de San Pedro se alzaba en la periferia de la ciudad como un cadáver industrial de hormigón y hierro. Bajo la lluvia torrencial que golpeaba las estructuras metálicas, el lugar parecía el escenario de una pesadilla. Antonio detuvo la camioneta a unos cientos de metros, ocultándola tras los restos de unos contenedores oxidados. El aire ya olía diferente aquí: un aroma dulzón y químico, el perfume de la muerte que Octavio Sepúlveda estaba a punto de desatar.
—La segurida