El interior de la planta de San Pedro era un laberinto de tuberías gigantescas que vibraban con el flujo de los residuos químicos. El sonido era un rugido constante, un latido industrial que parecía sincronizarse con el pulso acelerado de Antonio. Estaban a solo metros de la terminal principal, pero el aire estaba tan saturado de vapores tóxicos que cada respiración era una batalla.
Leo estaba pálido, casi traslúcido. Sus manos rozaban las tuberías mientras caminaban, y Mia podía ver cómo las