La noche cayó sobre la fábrica con un peso opresivo. El silencio solo era roto por el zumbido de los servidores y el lejano rumor de la ciudad que empezaba a entrar en pánico por los rumores de contaminación. Antonio no había dormido; estaba apostado cerca de la entrada principal con un rifle táctico, mientras Mia intentaba convencer a Leo de que comiera algo.
—No tengo hambre, mamá. Puedo sentir el agua —decía el niño, mirando hacia las tuberías oxidadas del techo—. El abuelo está cerca. Est