La casa estaba en silencio, tan quieta como un sueño profundo. Solo el tic-tac del viejo reloj del salón acompañaba mis pasos cuidadosos. Las botas en mis pies amortiguaban el sonido contra el suelo de piedra, y la mochila colgada sobre mis hombros pesaba menos que la determinación en mi pecho.
Eran las tres de la mañana.
La hora perfecta para desaparecer.
Me deslicé por las escaleras con cuidado, conteniendo incluso la respiración al pasar frente a la habitación de Caleb. Si algo no necesitaba