CALEB
El calabozo estaba vacío.
Las cadenas seguían ancladas a la roca. El olor metálico de la sangre aún impregnaba el aire, pero Ronan no estaba allí. Había huido… o lo habían sacado.
Leif fue el primero en hablar.
—Debemos irnos. Ya. No tardarán en notar que hemos cruzado las fronteras.
Yo asentí sin discutir. Freya, sin embargo, no se movió. Miraba a su alrededor con el ceño fruncido, como si pudiera ver más allá de los muros, como si todavía esperara encontrar a su padre allí, encadenado