ASTRID
Desperté con el corazón hecho un nudo, como si alguien me hubiese arrancado algo vital durante la noche. El aire se sentía espeso en mi garganta, y las sábanas, aunque aún tibias, parecían frías. No tardó ni un segundo en llegar el recuerdo.
Antony.
Mi hijo.
Mi niño.
Se lo llevaron.
—No… —susurré, incorporándome de golpe. La habitación se me hizo pequeña, los muros se cerraban. El pánico se arrastraba como una bestia por mi pecho.
Me levanté tambaleándome. Tenía la garganta seca y las