RONAN
Desperté con un rugido atragantado en la garganta, la cabeza me latía con fuerza y mis extremidades ardían. Intenté moverme, pero las cadenas de plata se clavaron en mi piel, quemándome con su veneno.
Gruñí, tensando los músculos hasta que sentí cómo la carne chisporroteaba contra el metal. El dolor era insoportable, pero nada comparado con la rabia que me consumía por dentro.
—¿Astrid…? —murmuré, con la voz rasgada. Miré alrededor, las paredes de piedra del calabozo se cerraban sobre mí