RONAN
El aire en la sala se sentía denso, cargado de tensión y desesperación. Caminaba de un lado a otro, con las manos en el cabello, sin saber qué hacer.
Las paredes parecían encogerse, y cada paso que daba resonaba como un eco de mi frustración. Mi madre, Marina, estaba sentada en una de las sillas cerca de la chimenea, sus manos entrelazadas sobre su regazo, observándome con esa mezcla de compasión y resignación que tanto odiaba.
—Tienes que calmarte, hijo —me dijo con voz suave, aunque en