ASTRID
La habitación de Ronan estaba en penumbra, como a mí me gustaba. La luna entraba por las cortinas pesadas, dibujando líneas suaves sobre la alfombra oscura. El aire olía a su esencia… almizcle, bosque y un dejo de tormenta. Me envolví en ese aroma con cada respiración.
Había usado el perfume que él me regaló. Me puse el vestido de dormir más atrevido que tenía —una tela de seda ligera, negra, con encaje que apenas rozaba mi piel y no dejaba mucho a la imaginación—. Quería que esta noche