ASTRID
Lucian reía con fuerza mientras corría alrededor del claro, esquivando ramas y tratando de tocar la melena dorada de Akmar, que lo miraba con aire divertido. Eunice caminaba a mi lado, con las manos en la cintura, observando la escena como una maestra satisfecha.
—¿Ves? No es tan complicado. Solo tienes que dominar la intención —me dijo con una sonrisa ladina, mientras me ofrecía un pedazo de carne cruda envuelto en lino—. Es lo que controla la energía que el león siente. Él no te ve co