MAGNUS
—¡¿Cómo diablos sucedió esto?! —rugí, girándome hacia los dos que permanecían en la habitación, testigos de mi ira contenida.
El estudio quedó reducido a un caos de papeles desgarrados, muebles volcados y cristales rotos. El sonido de la madera astillándose y los objetos estrellándose contra las paredes era lo único que podía escucharse, además de mi propia respiración entrecortada por la furia. Mis manos ardían por la fuerza con la que había destrozado todo a mi paso, pero el dolor fís