RONAN
Caminos Astrid y yo, hasta llegar al salón principal de la casa.
Y allí estaba él, de pie, frente al retrato que dominaba la pared del salón, mi retrato. Magnus.
Su postura relajada no me engañaba, ni la manera en la que inclinaba la cabeza, como si analizara la pintura con interés genuino. Jugaba a la indiferencia, pero yo conocía la rabia contenida en su pecho, el veneno que lo carcomía por dentro.
—No me gusta —dijo finalmente, sin apartar la vista del lienzo. Su voz estaba impregnada