ASTRID
Los escombros permanecían en silencio. En el campo donde se alzaba el Quinto Reino, solo quedaban ruinas humeantes, retazos de muros rotos y el eco de un fuego que se negaba a apagarse.
Me mantuve erguida, el arco y las flechas colgando a mi espalda ya sin peso; mis manos apretaron el mango de una flecha rota, golpeada en la batalla, como recuerdo del fragor que se vivió.
Hace solo dos días todo había sido brutalísimo, cruento y sin tregua. Lo recuerdo como si lo viviera en cámara lenta