El salón de la Cámara de Empresarios hervía de murmullos, de flashes que se encendían como relámpagos atrapados en un cielo cerrado. El aire olía a perfume caro, a expectación contenida y a ese matiz eléctrico que preludia el escándalo. Vladislav Drakos estaba allí, erguido, impecable en su traje oscuro, la mirada de acero dirigida hacia adelante, como si el peso de las acusaciones de asesinato no lo doblegara ni un ápice. A su lado, Adara mantenía la serenidad que tantas veces había ensayado f