—¿Qué mierdas fue todo eso? —murmuró Vlad para sí mismo en un arranque de frustración en la entrada del edificio.
«No dudes de lo que bien sabes», refutó Varkar ansioso.
El aire de Bucarest se sentía frío, cargado de esa humedad que cala en los huesos. Salió del edificio con pasos largos, la mandíbula apretada y los ojos ardiendo con un brillo que no lograba controlar. No se reponía, no podía; su piel todavía ardía con el recuerdo de Adara, de su boca, su cuerpo, de ese instante en que la Luna