El reloj de pared en el despacho de Adara marcaba las dos de la tarde. La oficina estaba casi desierta; solo el murmullo lejano de una impresora en otro piso le recordaba que no era la única allí, y agradeció no tener distracción. Había ido a su departamento luego de la rueda de prensa con la idea de quedarse allí el resto del día, pero no pudo. Los pensamientos la martirizaban, y esa sensación de atracción que le hacía volver una y otra vez a Vladislav, era bastante incómoda. Tenía la chaqueta