El salón central de la manada Drakos estaba lleno. No por celebración, por expectativa.
Los lobos ocupaban sus lugares con una quietud tensa, sus cuerpos se mostraban erguidos, y sus sentidos atentos. El murmullo bajo se extinguió cuando Vladislav cruzó el umbral. Vestía de negro, sin insignias ceremoniales, sin ornamentos. Solo poder crudo, denso. Algo en su andar era distinto: más rígido, menos contenido.
Irina caminaba a su lado. No delante, ni detrás. A su lado.
Ese detalle, mínimo en apariencia, fue suficiente para que el aire cambiara. Algunos lobos se removieron incómodos. Otros intercambiaron miradas breves. Blade frunció el ceño. Florin apretó la mandíbula. A diferencia de la aceptación ciega que todos tenian hacia ella en el pasado, en ese presente sus energías la repelían.
Vladislav avanzó hasta el centro del salón y se detuvo.
—Hay rumores circulando —dijo sin preámbulos—. Murmullos innecesarios. Miradas que juzgan sin entender.
Su voz no temblaba. Era firme, demasiado fir