El salón central de la manada Drakos estaba lleno. No por celebración, por expectativa.
Los lobos ocupaban sus lugares con una quietud tensa, sus cuerpos se mostraban erguidos, y sus sentidos atentos. El murmullo bajo se extinguió cuando Vladislav cruzó el umbral. Vestía de negro, sin insignias ceremoniales, sin ornamentos. Solo poder crudo, denso. Algo en su andar era distinto: más rígido, menos contenido.
Irina caminaba a su lado. No delante, ni detrás. A su lado.
Ese detalle, mínimo en apari