El despacho de Adara estaba impecable esa mañana.Tenía dos días que había retomado su rutina. Quería adaptarse, volver a lo que era, a lo que amaba; sin embargo, tanta calma era demasiado abrumadora.
Demasiado.
Todo estaba impecable, las superficies ordenadas en una meticulosidad casi obsesiva, los archivos alineados, la laptop abierta sin un solo documento activo. Vestía un traje sobrio, gris oscuro, las líneas de éste eran limpias, sin adornos. Se veía profesional, intachable. Como siempre se