Esa misma noche, mientras Adara se debatía entre la fuerte impresión que recibió con la revelación de su verdadero origen y su incredulidad, en la mansión Drakos, cerca de la medianoche el teléfono de Florin vibró en el bolsillo de su pantalón con una insistencia extraña, como si el metal ardiera contra su pierna. Contestó sin mirar el número, con la voz áspera de quien no esperaba nada bueno a esas horas.
—¿Sí?
Al otro lado, la voz entrecortada de una mujer le heló la sangre. Cada palabra era