Adara, que ya se encontraba en el lugar, miraba los símbolos con cautela. Llevaba un vestido de seda azul pálido que reflejaba la luz de la Luna, pero su rostro estaba tenso, como si sintiera el peso de la decisión que sin saber estarían obligados a tomar. La conexión entre ellos, que ya era poderosa, comenzaba a sentirse más intensa, como una corriente que recorría sus cuerpos, y que parecía que solo se desataría por completo al cumplir con lo que la profecía dictaba.
—¿Estás lista? —preguntó V