El aire frío de la mañana se sentía denso en la mansión Drakos. Vladislav acababa de regresar de su noche errante, con la cabeza llena de pensamientos confusos y la ira aún a flor de piel. Cada paso que daba por los largos pasillos de la mansión resonaba como una advertencia, como si los ecos de sus propios pensamientos estuvieran acechandolo en las sombras. La casa, con sus paredes silenciosas y su frío decorado imponente, parecía ser el reflejo perfecto de su estado interno: roto, desconcerta