Ionela caminaba rápido, pero no lo suficiente como para calmar la sensación de que la sombra de Christian aún la seguía.
Habían pasado solo dos horas desde el encuentro en la calle. Dos horas desde que había sentido la muerte frente a ella —no la física, sino una muerte más profunda, que arrancaba la voluntad— y solo la intervención de Eryndor había evitado que Christian la quebrara.
Ahora, cada vez que la luz de una farola parpadeaba, su corazón se detenía un latido.
No se atrevía a mirar haci