El silencio entre Adara y Vladislav pesaba como un muro invisible. Ionela, que aún estaba cerca, sintió el cambio de aire y retrocedió sin que Adara se lo pidiera, como si la tensión misma la expulsara del lugar.
Jazz rugió dentro de Adara, impaciente, inquieta, despertando cada fibra de su naturaleza preparada para defender la verdad… o atacar la mentira.
—Vlad… —comenzó ella, con voz baja— hay algo que descubrí sobre Irina. No sé cómo decírtelo sin que parezca una acusación irracional, pero…
El dorado de los ojos de Vladislav se encendió apenas, pero no por calidez. Era un brillo frío, contenido. Herido.
—Interesante que la menciones —dijo él, cruzándose de brazos—. ¿Qué descubriste exactamente?
La forma en que lo dijo le hizo un nudo en la garganta. Él no hablaba así. No con ella.
No con esa distancia.
—Escuché al elfo oscuro —explicó Adara—. La encontró. Ella… lo buscó. Estaba negociando. Ella no era parte del plan de salvación, ni una maniobra para proteger la manada. Vlad… ella