La noche era un animal inquieto sobre la fortaleza, moviéndose entre los tejados, susurrando entre las fracturas emocionales que habían quedado abiertas. Adara caminaba rápido, con pasos tensos, sin mirar atrás. Ionela la alcanzó, sujetándole el brazo para obligarla a detenerse.
—No puedes irte así —dijo Ionela, jadeante por el paso acelerado—. Adara… ¿estás escuchando lo que haces?
Adara la miró, pero sus ojos ya no estaban solo heridos. Estaban vacíos. Un vacío lleno de furia contenida, como