LA GRIETA QUE DEVORA

La noche era un animal inquieto sobre la fortaleza, moviéndose entre los tejados, susurrando entre las fracturas emocionales que habían quedado abiertas. Adara caminaba rápido, con pasos tensos, sin mirar atrás. Ionela la alcanzó, sujetándole el brazo para obligarla a detenerse.

—No puedes irte así —dijo Ionela, jadeante por el paso acelerado—. Adara… ¿estás escuchando lo que haces?

Adara la miró, pero sus ojos ya no estaban solo heridos. Estaban vacíos. Un vacío lleno de furia contenida, como si cada palabra no dicha hubiese cavado un hueco dentro de ella.

—Si me quedo, me rompo —respondió Adara, con voz frágil pero firme—. Y si me rompo, mi loba también, y las consecuencias pueden ser devastadoras.

Jazz gruñó desde su pecho. Fue un sonido bajo, cortante, casi fatigado. No era un rugido de pelea: era uno de dolor. De traición.

—Necesito aire. Necesito pensar. Necesito… —Adara tragó saliva, sintiendo el temblor en su garganta—. Necesito entender por qué él creyó en ella. Por qué dudó
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