El amanecer apenas había comenzado a filtrarse por los ventanales rotos del salón cuando Adara decidió tomar distancia. La batalla había sido brutal, y aunque el monstruo había sido sellado, lo más inquietante era lo que había descubierto antes. Entre la adrenalina y el caos, había escuchado a Irina… había visto a Irina.
Y lo que había escuchado no podía olvidarlo.
Ionela la observaba caminar de un lado a otro con los brazos cruzados sobres sus pechos, con una expresión en su rastro de caos interno encendido por la impaciencia.
—No lo entiendo, Adara —dijo Ionela, con voz firme—. ¿Por qué no vas ya mismo con Vladislav y se lo dices? ¡Es Irina! ¡No alguien nuevo que apareció hace dos días! Con más razón tienes que hablar ahora.
Adara se detuvo, inhaló profundo. Jazz se movió dentro de ella, inquieta, inquietísima, como si no entendiera por qué su humana dudaba en algo tan obvio.
—Porque no puedo ir con acusaciones sin fundamento —dijo Adara, acariciándose las sienes—. No puedo aparece