La llamada interrumpió el silencio de la noche, un sonido que cortó la quietud de la cabaña y la hizo volver a la realidad, aunque aún se sentía perdido entre sus propios pensamientos. Vladislav estaba sentado en el taburete de la isla de la cocina, la luz suave de la lámpara de techo iluminaban el espacio. El teléfono satelital repicó en forma ruidosa sobre la mesa del comedor en la habitación contigua.
«Es Blade», le avisó Varkar.
Y en efecto, la voz de Blade, firme como siempre, resonó por