Paul recibió la llamada de su asistente.
—Muy bien, Alejandra, estaré en contacto contigo estos días. Esa mujer es muy importante para mí, no le puede ocurrir nada. —aseveró— Dile a Germán que, si llegaba a pasarle algo, aunque sea un mínimo rasguño, va a preferir suicidarse.
—Sí, jefe. Le daré su recado —Alejandra tragó en seco y finalizó la llamada.
Conocía bien a Bellini; más de cinco años a su lado le habían enseñado que no era un hombre de amenazas. En su mundo, las palabras no servía