Paul la vio bajar del auto. Claudia provocó en él una absoluta admiración.
—Es la mujer más hermosa que he conocido —sonrió, y el mesonero asintió.
—Tráigame una botella de vino que esté muy fría.
—Enseguida, señor. Con su permiso.
Claudia entró al restaurante. Paul se puso de pie para recibirla, colocó su mano en la cintura de ella y le dio un beso en los labios. Ambos se sentaron.
—¿Por qué me miras así? —preguntó ella, intimidada por la mirada hipnótica de Paul.
—Nada, solo que aún me