El guardaespaldas la vio salir de la penitenciaría y bajó de inmediato para abrirle la puerta. Claudia subió al auto sin mirarlo siquiera, con los hombros tensos y el gesto endurecido. Cerró la puerta con un movimiento seco y se acomodó en el asiento, intentando recomponer el control que había perdido minutos antes. Por fuera, mantenía la compostura; por dentro, la rabia seguía latiendo.
—Por favor, a casa de mi madre. —ordenó:—. Luego puede, si desea, dar algunas vueltas. Me quedaré allí esta