La cueva olía a humedad antigua y decisiones que nadie quería tomar. Me senté contra la pared de roca, el hombro izquierdo pulsando con cada latido. La bala seguía ahí, alojada entre músculo y hueso, un recordatorio metálico de que habíamos sobrevivido, pero no sin precio. Vera había dicho que podía esperar hasta mañana para la extracción, que el sangrado era mínimo, que había prioridades más urgentes.
Como enterrar a Henrik.
Lo habían envuelto en lona impermeable del bote, sin ceremonia, sin p