La cueva olía a té de hierbas y desesperación apenas contenida.
Elena yacía en el centro, envuelta en todas las mantas secas que pudimos reunir, su respiración superficial pero regular. Vera se arrodillaba a su lado, presionando dedos contra el pulso de la niña, frunciendo el ceño con concentración profesional que no ocultaba completamente la preocupación.
—Su corazón late demasiado rápido —murmuró Vera—. Como si acabara de correr kilómetros. Pero no se movió de la cueva anoche, yo la vigilaba.