Elia apenas había dormido. Su mente giraba como un remolino imposible de detener. Las palabras del libro resonaban en su interior, entrelazadas con el fuego que ya no dormía bajo su piel. El símbolo de la luna creciente aún ardía débilmente sobre la primera página, como un faro que marcaba el inicio de un viaje inevitable.
Antes de que el sol asomara, encendió una vela pequeña y bajó en silencio. El aire tenía aroma a romero y tierra húmeda. Lena la esperaba. Sobre la mesa ardía una vela gruesa