—Ha cruzado el umbral.
La voz era un murmullo contenido, casi un suspiro, pero todos en la sala lo oyeron con claridad. El eco de esas palabras se extendió como una vibración sorda entre las piedras del templo.
El Salón del Alba estaba tallado en lo profundo de la montaña, un santuario que muy pocos recordaban y aún menos se atrevían a visitar. Las antorchas no ardían con fuego común: su luz era azulada, como reflejo de lunas que ya no colgaban en el cielo.
El círculo estaba compuesto por siete