Elia despertó con la sensación de que había algo distinto en su cuerpo. No era dolor ni agotamiento. Era una memoria que no le pertenecía, y sin embargo respiraba en su médula, como si hubiera sido sembrada en sus huesos generaciones atrás. Al incorporarse, sus manos temblaban levemente, como si quisieran recordar un gesto que nunca había hecho. Afuera, el aire estaba quieto. El bosque, suspendido en una pausa que no era silencio, sino escucha. Incluso las aves parecían contener sus trinos, com