Elia despertó antes del amanecer, con la sensación de que algo bajo la tierra la llamaba. No era sueño ni visión, sino una pulsación antigua, densa, que trepaba desde las raíces del mundo hasta su espina, como si el hueso mismo recordara algo que la piel había olvidado. Sentía ese llamado en los huesos largos, en la raíz del cuello, en la base del ombligo. No era urgencia: era certeza. Afuera, el bosque todavía dormía, pero el aire tenía una textura distinta. No fría, no húmeda, sino cargada. C