Elia se despertó antes del alba, con la sensación de que algo había cambiado en el ritmo del bosque. No era temor ni ansiedad, sino un llamado subcutáneo. Como si su columna fuera raíz y alguien la hubiera tocado desde dentro de la tierra. Se vistió en silencio, recogiendo su cabello en una trenza sencilla y ajustando el manto de lino sobre sus hombros. Afuera, el cielo aún era una cáscara azul profundo, y la niebla cubría los caminos como un velo protector.
Riven la esperaba junto al borde del