Elia despertó antes que la luz. Durante unos segundos, no supo dónde estaba. El techo de ramas trenzadas parecía distinto en la penumbra, y el aire tenía un aroma nuevo, más húmedo, más terroso. Como si la noche hubiera traído consigo algo que no se había atrevido a anunciar aún. Al incorporarse, notó que sus manos estaban manchadas de tierra, aunque no recordaba haberlas hundido. Las manchas no estaban secas. Conservaban una humedad tibia, como si hubieran brotado de su piel durante el sueño.