Durante unos segundos, no supo si había regresado o si apenas comenzaba a irse. Su cuerpo no despertaba: germinaba. Elia abrió los ojos con lentitud, la respiración aún anclada en otro ritmo. El techo de ramas entrelazadas parecía distinto, como si el sueño hubiese dejado una huella visible en el mundo. El aire tenía un espesor vegetal, como si el bosque hubiera exhalado muy cerca de su oído.
El hilo en su muñeca había cambiado de color. Ahora mostraba un matiz ocre, casi ámbar, como la resina