El despertar no fue súbito. Elia emergió del sueño como quien nada hacia la superficie desde una profundidad lenta. Su piel, húmeda, parecía haber absorbido más que sueño: savia, susurros, ecos. Los párpados pesaban como si ocultaran un paisaje entero detrás. Y el latido de su pecho, firme y constante, marcaba el ritmo de algo que aún no comprendía del todo.
A su lado, Lena dormía. El rostro sereno, pero con las manos entrelazadas sobre el vientre como si aún sostuviera algo invisible. Elia se