La tarde caía con lentitud, como si el sol también temiera apartarse demasiado de lo que estaba por revelarse. Elia caminaba por el límite entre el bosque y la vieja cañada, donde las piedras negras retenían el calor de días anteriores. Cada paso hacía crujir hojas secas, pero no rompía el silencio que se había instalado a su alrededor, un silencio espeso, expectante.
Antes de que partieran, Lena se acercó a Elia. No le entregó palabras, sino un objeto: una pequeña bolsita de lino que olía a la