El bosque al amanecer no despertaba con estruendo, sino con un murmullo contenido, como si respirara junto a Elia. El rocío no se evaporaba aún, suspendido sobre hojas como si el tiempo también contuviera el aliento. Cada paso suyo parecía aligerar el mundo, y sin embargo, los sonidos —el crujido sutil de ramas, el lejano goteo de humedad cayendo de un helecho— resonaban con más presencia que nunca. Un aroma a tierra mojada y savia vieja lo envolvía todo. La luz aún no rompía la penumbra, pero