La mañana no trajo luz, sino una pausa. Un silencio distinto. No era la quietud del sueño ni el murmullo del viento entre las hojas, sino algo que parecía esperar bajo la tierra, justo donde nacen los signos. El suelo estaba frío, pero no hostil. Cada paso descalzo abría una memoria. No sabía si era suya o del bosque, pero le pertenecía.
Elia avanzaba sin palabras. El aire tenía esa densidad suave de los amaneceres donde todo parece contener el aliento. A su alrededor, el bosque no crujía. Resp