Elia despertó antes que el sol. No por un sobresalto ni por un sueño, sino por una pulsación en su pecho que la guiaba sin urgencia, pero con claridad. Era el mismo ritmo con el que había aprendido a escuchar las raíces, y ahora, parecía indicar que debía moverse. No hacia afuera. Hacia adentro.
Se vistió en silencio. Lena dormía profundamente junto al fuego, y Riven descansaba en la entrada, como una sombra vigilante. Elia salió sin hacer ruido, guiada por el aroma a corteza húmeda y savia ant