El día había madurado sin que Elia se diera cuenta. Afuera, el bosque tejía su propio ritual de luces filtradas y murmullos de brisa, como si supiera que ella había cruzado un umbral que no tenía regreso. No habló durante el ascenso. Riven y Lena tampoco. El silencio era una capa más sobre sus cuerpos, como la humedad de las hojas o el aliento de la tierra. Todo lo que podía decirse, ahora debía germinar primero en el interior.
Cuando llegaron a la cabaña, el fuego aún ardía. No porque lo hubie