Elia no regresó a la cabaña. No podía. Sus pies la guiaban, pero no era voluntad propia. Era un llamado que nacía en la marca, en el colgante, en cada página del cuaderno que ya no necesitaba abrir para saber lo que decía. Las palabras vivían en ella ahora. No como ideas, sino como instrucciones antiguas recordadas por la sangre.
El bosque cambió con cada paso. Las hojas eran más densas. El aire, más húmedo. Los troncos de los árboles parecían inclinarse levemente, reconociéndola. Un sendero in